VEINTICUATRO DEL TRES DEL CATORCE
Nota necrológica
No existiría otro sitio más poético que el Salón de los Pasos Perdidos
para Suarez. Como si una alfombra
de recuerdos se extendiese ante su presencia. Nunca el Senado registró
un llenazo similar ni par
ecido,
ni
tal diversidad política viose concentrada. No hubo llamada que lograra
congregarlos. Ni reunión
parlamentaria que rebosase hasta las altas tribunas al reclamo de un
nombre. No había este lluvioso lunes
de marzo debate sobre el Estado de la Nación rebotado del Congreso ni
trámite vital para la España
invertebrada. Si no despedida.
Las esfinges leoninas de la entrada, la escalera y la puerta compartirán
siempre -aparte del ducado, y los
meda lazos póstumos- la imagen de los relieves del blanco y negro al
color en su perfil inolvidable del
primer faraón de la democracia, el iniciador de la dinastía… El
presidente de la imagen limpia y aseada
planchada y peinada al que todos llamaban por su primer apellido, como a
un jefe de planta del Corte
Inglés. Al de la caricatura fácil y la sencillez de cenar tortilla
francesa y un vaso de café. Al que desafió la
ley de la gravedad devolviéndonos a Carrillo y a Tarradellas –entre
otros- y que se mantenía tan
impertérrito en un mitin de su partido como ante los tiros de Tejero.
Líder de otra gente, de otra España que surgió de la libertad sin ira y
del habla pueblo… Tal vez el
poder de la honradez sea efímero, y cruel la enfermedad que hace crónico
el olvido… Pero el
romanticismo dejará su memoria como un tesoro de su Ávila natal, cuando
se retire la capilla ardiente del
Salón de los Pasos Perdidos… Y la historia de este hombre forme parte de
las grandes historias con
nombre propio.
Descanse en paz Adolfo Suárez.
MIGUEL CAMUÑAS